Este blog siempre ha ido a la deriva. Y como sin especialización no hay lógica, ahora voy a llevar un blog de cine.
Nos vemos pronto en www.segundasopiniones.wordpress.com

Este blog siempre ha ido a la deriva. Y como sin especialización no hay lógica, ahora voy a llevar un blog de cine.
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No hacen falta muchas excusas para poner temazos como éste, ¿no?
ATENCIÓN: El siguiente texto contiene SPOILERS (detalles sobre el argumento) de la primera temporada de True Blood.

Sookie y Bill.
True Blood es como el Drácula de Bram Stoker en versión pop. Un cuento de vampiros pensado para la sensibilidad de los jóvenes actuales con gusto para la buena televisión. Es una revisión fresca (como el título en español, Sangre fresca) de un tópico que ha fascinado al hombre desde hace siglos. El vampiro, el no-muerto, ese ser que permanece en el limbo de la existencia es revisitado en esta serie, sólo que ahora juega a la Wii.
Me gusta el nuevo planteamiento que la serie expone sobre el mundo de los vampiros. Básicamente son seres excluidos de la sociedad, pero algunos miembros, mediante la sangre sintética, han renunciado a seguir matando para alimentarse y quieren integrarse con los humanos. Este proceso de salida del ataúd es muy atractivo, ya que es una extrapolación de todos los movimiento de igualdad de derechos que el mundo real ha experimentado (mujeres, negros, homosexuales, etc.).
Encontramos, de esta forma, mucho de realidad en una serie de planteamientos fantásticos, que además no deja de sorprendernos con nuevas clases de “seres”, ¿o alguien predijo que Sam podía transformarse en perro?
El ritmo de la serie no deja ni un segundo al espectador para respirar, los asesinatos se suceden, los descubrimientos (relacionados con los vampiros o no) se amontonan casi sin dejar tiempo para asimilarlos. Esto crea un ambiente muy específico cuando ves cada capítulo: el pulso se acelera, y la respiración se vuelve más fuerte.
En cuanto a la trama, a pesar de la buena construcción de todo el asunto de los asesinatos, que al final sea René deja un poco indiferente, por dos razones. La primera porque la causa se vaticinaba desde un primer momento no humana, para al final acabar con el viejo homo hominem lupus est. Al menos no te lo esperas, pero hubiera sido bueno ver algo sorprendente, algo inaudito de verdad. La segunda razón es que el personaje de René no está construido desde el comienzo de la serie para que tenga una motivación clara contra los, como él los llama, follavampiros. Es un personaje muy secundario, muy plano, y que al final lo haga por convicciones propias es un poco incoherente, porque no sabíamos casi nada de él.
El mayor fallo que veo en esta serie de alta calidad es que, en realidad, la temporada acaba en el minuto 30 (más o menos) del último capítulo. Los últimos 20 minutos se utilizan para que la segunda sea interesante y tenga contenido. Me parece que un narrador de la talla de Alan Ball no puede permitirse una construcción tan deficiente de la introducción a la segunda temporada. Todos sabemos que se tienen que dejar tramas abiertas para que la gente vea la siguiente temporada, pero en el caso de True Blood, estas tramas se fabrican deprisa y corriendo los últimos capítulos, en lugar de irlas construyendo poco a poco a lo largo de toda la temporada.

Tru blood: todo el sabor, sin mordisco.
No obstante, valorada de forma general, True Blood es una magnífica serie que combina un retrato ciertamente acertado de la sociedad sureña estadounidense a través de una perspectiva de cuento fantástico que dota al conjunto de un atractivo muy fuerte.
Habrá que esperar a la segunda temporada para ver cómo evolucionan los personajes, sobre todo Sookie, que en esta primera tanda de episodios no ha cambiado demasiado. También descubriremos si ha sido Bill el que ha matado a Lafayette (un personaje que no aportaba nada, cuya muerte es bastante intrascendente), y veremos como le van las cosas a la mejor secundaria de la serie, Tara.
Se acusa a un presidente autonómico de cohecho. Su partido no hace nada. No se exigen responsabilidades. Los distintos cargos acusados van cayendo. Nadie es capaz de demostrar su inocencia mientras las pruebas de se acumulan.
El acusado sale del juzgado tras su declaración, y el que debiera ser el momento más vergonzante de su carrera política se convierte en un baño de masas que lo aclaman.
¿Alguien me lo explica?
Un día tuve una idea. Dejarme atropellar por una camioneta, romperme una pierna o un brazo -nada serio- y denunciar al conductor, para así cobrar una indemnización y lograr una buena suma de dinero.
Ese mismo día, por la tarde, ya lo tenía todo preparado. Estaba esperando, junto a la carretera, al vehículo idóneo. Entonces vi un niño, un niño pequeño, desorientado, que se disponía a cruzar la carretera. Corrí entre el tráfico y le di un empujón fuerte, gracias al cual no le arroyó una camioneta, que obviamente sí pasó por encima de mí.
Ahora ahorro para indemnizar al niño.
En un nuevo alarde de incoherencia temática del blog, paso a referenciar siete películas que he visto últimamente, y que el lector puede combinar al gusto durante la semana próxima.
Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón
Primer film de Pedro Almodóvar, la calidad técnica es sustituida por la irreverencia de los personajes y lo arriesgado de la trama. Con tiene algunos momentos delirantes, amén de la lluvia dorada más famosa del cine español.
Vi esta película porque me he prometido el visionado cronológico de la filmografía del director manchego, y lo cierto es que es refrescante, a pesar del tiempo transcurrido, ver una película consciente de que no tiene nada que perder.
El golpe
Un amigo me había recomendado insistente y profusamente esta cinta, así que mis expectativas al verla eran altas.
Me encontré con un reparto formidable, una trama precisa y un ritmo cinematográfico perfecto. Una película paradigmática del arte de hacer películas.
Grande Paul Newman.
La cena de los idiotas
Divertidísima comedia costumbrista francesa, escala alto en el ranking de películas con las que más me he reído. La trama: un grupo de amigos de la alta sociedad parisina organiza periódicamente una cena en la que cada uno tiene que llevas a la persona más idiota posible.
El idiota protagonista es descacharrante.
Billy Elliot
Preciosa cinta sobre la superación de estereotipos sociales. Lo mejor, que no renuncia a adentrarse en el espinoso tema de la lucha sindical de los mineros ingleses. Lo peor: la trama, al conducir descaradamente hacia el final feliz, resulta un poco incongruente.
Película muy recomendable para poner a niños pequeños.
American beauty
¿Qué podía esperar de una película cuyo guionista es Alan Ball, creador de A dos metros bajo tierra y True Blood, y que además consiguió el Oscar por ella?
Pues precisamente lo que es, uno de las obras maestras de la última década. Ball vuelve sobre sus temas predilectos, la familia y la muerte, desde la perspectiva de la mente del protagonista, hombre desencantado con su vida pero todavía lleno de esperanza.
Un auténtico bálsamo para los habitantes del mundo actual.
Funny games
Película alemana (aunque existe el remake norteamericano) de terror psicológico que cumple sus objetivos: hacer pasar un mal rato al espectador. A través de un terror muy de andar por casa (y por lo tanto con la virtud de verosimilitud), el film constituye un autentico retrato de la locura en un entorno entre idílico y agobiante.
Pierde ritmo a partir del primer asesinato.
Doce hombres sin piedad
Un clásico entre los clásicos, son innumerable las referencias que películas, series, y televisión en general han hecho a esta película, ejemplo perfecto de que es posible estimular al espectador y ponerle en tensión sin acción, balas, ni efectos especiales.
La trama no podría ser más sencilla: un jurado deliberando la inocencia o culpabilidad del acusado. Esta cinta nos enseña que casi nada es lo que parece y que las opiniones absolutas suelen ser equivocadas.
Contiene una de las mejores escenas de la historia del cine.
Cuando aparecieron los títulos de crédito de Todos te están esperando, el último episodio de A dos metros bajo tierra (Six feet under), y tras haber llorado amargamente, una palpable sensación de paz invadió blandamente mi cuerpo.
Supongo que debido al hecho de que, tras cinco temporadas de los Fisher y compañía, me sentía más preparado para la muerte. Y para la vida.
A dos metros bajo tierra deja en el espectador un poso únicamente comparable al de la buena literatura. Cada episodio es el capítulo de la obra magna de un narrador de primera, Alan Ball, que configuran un legado al mundo, un legado que en su momento rompió cierto tabúes que se habían enquistado en la sociedad occidental del siglo XXI.
Desde la esmerada cabecera hasta el fundido a blanco final, y pasando por la muerte, inexorable e igualitaria, Six feet under es una obra audiovisual perfecta, tanto a nivel argumental, dramático, artístico y técnico.
Unos personajes inteligentes y profundos, coherentes, que van evolucionando pero al tiempo son capaces de fallar, de cometer locuras y de pasarse de la raya; tremendos guiones, que anulan la posibilidad de aburrimiento, de repetición o de poca verosimilitud; además de un espléndido reparto y unos directores de primer nivel (procedentes de cine independiente) hacen que A dos metros bajo tierra sea considerada por muchos la mejor serie de televisión jamás realizada.
A dos metros bajo tierra en el blog de Hernán Casciari:
http://blogs.elpais.com/espoiler/2007/07/es-un-buen-mome.html
WordPress tiene una herramienta que te permite saber qué búsquedas, hechas en Google, han ido a parar a tu blog. Estoy acostumbrado a ver que la gente llega buscando “resumen la dama boba”, “la carretera cormac mccarthy”, o “pla bolonya universitat de valència”. A veces te encuentras consultas graciosas, y hay también las que nada tienen que ver (aparentemente) con En el camino.
Pero hoy ha ocurrido algo realmente extraño. Aquí tenéis las fórmulas de búsqueda en Google a través de las cuales la gente llegó a mi blog ayer (03.IV.09).
En amarillo señalo una curiosa, que no entiendo. En rojo, una QUE NO ME HUBIERA ESPERADO JAMÁS.

Mi blog es un lupanar, ahora lo sé.
Mejor tarde que nunca.
Considero que algo falla cuando un alumno de una Universidad entra al rectorado de la misma y un vigilante de seguridad le espeta inquisitivamente: “Oye, tú, ¿dónde vas?”
He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.
Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo Él y vieron ángeles mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.
Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.
Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.
Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.
Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.
Quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgaron sus torsos noche tras noche con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y verga y bolas infinitas, ceguera incomparable; calles de nubes vibrantes y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todas las palabras inmóviles del Tiempo, sólidos peyotes de los vestíbulos, amaneceres en el cementerio del árbol verde, ebriedad del vino en los tejados, puestos municipales el neon estridente luces del tráfico parpadeantes, vibraciones del sol, la luna y los árboles en los bulliciosos crepúsculos de invierno de Brooklyn, estrepitosos tarros de basura y una regia clase de iluminación de la mente.
Quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y niños empujándolos hacia salidas exploradas estremecidas y desiertos golpeados de cerebros absolutamente secos de esplendor en la melancólica luz del Zoo.
Quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford’s emergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desolado Fugazzi’s, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno.
Quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajando de espaldas las escaleras de escape de los alfeizares del Empire State lejos de la luna, gritando incoherencias, vomitando susurrando hechos y recuerdos y anécdotas y patadas en la bola del ojo y traumas de hospitales y cárceles y guerras, intelectos enteros disgregados en amnesia por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga arrojada al pavimento.
Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.
Quienes dieron vueltas y vueltas en la medianoche por el patio de trenes preguntándose adónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos.
Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.
Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas.
Quienes solos por las calles de Idaho buscaban ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios.
Quienes pensaban que sólo estaban locos cuando Baltimore destellaba en éxtasis sobrenatural.
Quienes saltaron a limusinas con el Chinaman de Oklahoma impulsados por la lluvia de los pequeños pueblos a la luz callejera de la medianoche del invierno.
Quienes haraganeaban hambrientos y solos por Houston buscando jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante español para conversar sobre América y la eternidad, una tarea sin esperanza, y tomaron un barco para África
Quienes desaparecieron en los volcanes de México dejando tras suyo nada excepto la sombra del estiércol y la lava y la ceniza de la poesía quemada en Chicago.
Quienes reaparecieron en la Costa Oeste investigando el F.B.I. en barbas y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas atractivos en su oscura piel entregando incomprensibles folletos.
Quienes se quemaron sus brazos con cigarros encendidos protestando contra la bruma narcótica del tabaco del Capitalismo.
Quienes distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desvistiéndose mientras las sirenas de Los Alamos los deprimían, y se deprimía Wall, y el ferry de Staten Islan también se deprimía.
Quienes rompieron a llorar en blancos gimnasios desnudos y temblorosos frente a la maquinaria de otros esqueletos.
Quienes mordieron detectives en el cuello y chillaron con placer en autos policiales por no cometer un crimen salvo su propia pederastia salvaje y su intoxicación.
Quienes aullaron de rodillas en el metro y fueron arrastrados por el techo ondeando sus genitales y manuscritos.
Quienes permitieron ser penetrados por el ano por virtuosos motociclistas, y gritaron con alegría.
Quienes chuparon y fueron chupados por aquellos serafines humanos, los marineros, caricias del amor Atlántico y Caribeño.
Quienes eyacularon en la mañana en la tarde en jardines de rosas y en el pasto de parques públicos y cementerios esparciendo su semen libremente a quienquiera que llegara.
Quienes hiparon sin cesar tratando de reír pero se torcían de llanto detrás de un cubículo de un Baño Turco cuando el ángel rubio y desnudo venía a atravesarlos con una espada.
Quienes perdieron a sus amantes por las tres viejas musarañas del destino, la musaraña tuerta del dólar heterosexual, la musaraña tuerta que hace guiños fuera del útero y la musaraña tuerta que no hace nada sino sentarse en su trasero y corta las hebras doradas intelectuales del vislumbre del artesano.
Quienes copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza, un novio, un paquete de cigarrillos, una vela y se cayeron de la cama, y continuaron en el suelo y por los pasillos y terminaron desmayándose en la pared con una visión del último coño y llegaron a eludir el último atisbo de conciencia.
Quienes endulzaron las conchitas de un millón de chicas temblorosas en el ocaso, y tenían los ojos rojos en la mañana pero preparados para endulzar las conchitas del sol naciente, destellantes traseros bajo los establos y desnudos en el lago.
Quienes iban a putas en Colorado por miríadas en autos robados, N.C., héroe secreto de estos poemas, semental y Adonis del alegre Denver a la memoria de sus innumerables encamadas con chicas en lotes vacíos, patios de bares, hileras de desvencijadas casas rodantes en la cima de montañas, en cavernas o con demacradas meseras en familiares subidas de enaguas al lado del camino y especialmente la secreta estación de gasolina solipsismos de Juan, y callejones pueblerinos también
Quienes se desvanecieron en vastas películas sórdidas, se transformaron en sueños, despertaron en un repentino Manhattan, y se encontraron a sí mismos fuera de los sótanos colgados sobre descorazonados Tokay y los horrores de los sueños de hierro de la Tercera Avenida y tropezaron con las oficinas de desempleo.
Quienes caminaron toda la noche con sus zapatos llenos de sangre en los muelles esperando una puerta en East River para entrar a un cuarto lleno de vapor caliente y opio.
Quienes crearon grandes dramas suicidas en el apartamento de los acantilados del Hudson bajo el rayo azul de la luna de tiempo de guerra y sus cabezas eran coronadas con el laurel del olvido.
Quienes comieron la cazuela de cordero de la imaginación o digirieron cangrejos en el fondo lodoso de los ríos de Bowery.
Quienes lloraron por el romance de las calles con sus carritos llenos de cebollas y mala música.
Quienes se sentaron en cajas respirando en la oscuridad bajo el puente, y se levantaron para construir arpas en sus desvanes.
Quienes tosían en el sexto piso del populoso Harlem con llamas bajo el cielo tuberculoso rodeados por las jaulas naranjas de la teología.
Quienes garrapatearon toda la noche golpeando y rodando sobre elevadas incantaciones que en las amarillas mañanas eran estrofas de jerigonza.
Quienes cocinaron animales podridos pulmones, corazón, pata, cola borsht y tortilla soñando con el puro reino vegetal.
Quienes se zambulleron en camiones de carne buscando un huevo.
Quienes tiraron sus relojes del tejado para dar su voto a la eternidad fuera del Tiempo y despertadores cayeron sobre sus cabezas todos los días por la siguiente década.
Quienes se cortaron las muñecas tres veces seguidas sin éxito, se rindieron y fueron forzados a abrir anticuarios donde pensaban que se ponían viejos y gritaban.
Quienes fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue entre ráfagas de versos plomizos y el parloteo borracho de los regimientos de acero de la moda y los chillidos de nitroglicerina de las agencias de publicidad y el gas mostaza de los editores siniestramente inteligentes, o cayeron por los taxis ebrios de la Absoluta Realidad.
Quienes saltaron del Puente de Brooklyn esto realmente sucedió y quedaron desconocidos y olvidados en el aturdimiento fantasmal de los callejones de sopa y camiones de incendio de Chinatown, ni siquiera una cerveza gratis.
Quienes cantaron por sus ventanas de desesperación, cayeron de la ventana del metro, saltaron en el sucio Passaic, brincaron en negros, gritaron por toda la calle, bailaron descalzos en trozos de copas de vino rotas grabaciones de fonógrafos de la nostalgia Europea jazz alemán de 1930 terminaron el whisky y se lanzaron gemebundos en baños sangrientos, gemidos en sus oídos y la ráfaga colosal del silbido del vapor.
Quienes rodaron por las carreteras del viaje al pasado para cada uno el látigo del Gólgota reloj de la soledad de la cárcel o encarnación del jazz de Birmingham.
Quienes condujeron una visión para encontrar la eternidad.
Quienes viajaron a Denver.
Quienes murieron en Denver.
Quienes volvieron a Denver y esperaron en vano.
Quienes aguardaron en Denver y empollaron solos en Denver y finalmente se fueron para encontrar el Tiempo, y Denver es solitario para sus heroínas.
Quienes cayeron de rodillas en catedrales sin esperanza rezando por la salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que el alma iluminara su cabello por un segundo.
Quienes chocaron con sus mentes en la cárcel esperando criminales imposibles con cabezas doradas y el encanto de la realidad en sus corazones que cantaban dulces blues a Alcatraz.
Quienes se retiraron a México para cultivar un hábito, o a Rocky Mount para ofrecer Buddha o Tánger a los muchachos al Southern Pacific a la locomotora negra o a Harvard a Narciso a Woodland para la sepultura o daisychain.
Quienes exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron dejados con su locura y sus manos y un jurado colgado.
Quienes arrojaron papas saladas a los conferencistas de Dadaísmo en CCNY y subsecuentemente se presentaron ellos mismos en las baldosas de granito del manicomio con cabezas rapadas y un discurso arlequinesco de suicidio, demandando una lobotomía instantánea, y quienes a su vez se entregaron a la nulidad concreta de la insulina, Metrazol, electricidad, hidroterapia, psicoterapia, terapia ocupacional, ping pong y amnesia.
Quienes en protesta seria dieron vuelta sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia, volviendo años después verdaderamente calvos excepto por una peluca de sangre, y lágrimas y dedos, a la visible fatalidad del hombre loco de los pupilos de los pueblos locos del Este, salas fétidas de Pilgrim State’s Rockland’s y Greystone discutiendo con los ecos del alma, pegando y rodando en la soledad-banca-dolmen-reinos del amor de medianoche, sueños de vida en una pesadilla cuerpos convertidos en roca tan pesados como la luna, con la madre finalmente, y el último libro fantástico arrojado por las ventanas del departamento, y la última puerta cerrada a las 4 A.M. y el último teléfono pegado a la pared sonando y la última pieza amueblada, un papel rosa amarillo torcido en un colgador de alambre en el closet, e incluso eso imaginario, nada sino un poco de esperanzadora alucinación ah, Carl, mientras no estés seguro yo no estoy seguro, y ahora tú estás realmente en la sopa animal total del tiempo y quienes por lo tanto corrieron a través de las calles congeladas obsesionados con un repentino destello de la alquimia del uso de la elipse el catálogo el metro y el plano vibrante.
Quienes soñaron y encarnaron brechas en el Tiempo y Espacio a través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma entre 2 imágenes visuales y unieron los verbos elementales y establecieron el nombre y rasgos de la conciencia al mismo tiempo saltando con sensación de Pater Omnipotens Aeterna Deus para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y ponerse frente a ti estupefacto e inteligente y sacudirse con vergüenza, rechazando incluso revelar el alma para conformarse al ritmo del pensamiento en su desnuda y eterna cabeza, el vagabundo loco y el golpe del ángel del Tiempo, desconocido, incluso poniendo aquí lo que podría dejar de ser dicho en tiempo de volver después de la muerte, y surgieron reencarnados en los trajes fantasmales del jazz en la sombra del corno dorado de la banda y exhalar el sufrimiento de la mente desnuda de América para amar en un eli eli lamma lamma sabacthani saxofón que llora estremeciendo las ciudades bajo la última radio con el corazón absoluto del poema de la vida descarnada de sus propios cuerpos buenos para comer mil años.
Cartel sito en el tren regional València-Albacete.


Leopoldo Abadía.
Leopoldo Abadía me ha decepcionado. Ese simpático viejuno que aparecía en Buenafuente me atrajo, porque era capaz de hacer reír y realmente entendí parte de la crisis gracias a la entrevista que le hizo el showman de La Sexta. Por ello me alegré de que publicara un libro, puesto que podía significar un soplo de aire fresco, y pensaba que podía ser a la economía lo que El universo para curiosos a la astronomía (esto es, una explicación sencilla y amena que convertía su lectura en una delicia).
Sin embargo, La crisis Ninja y otros misterios de la economía actual es un timo.
Es una afirmación tan rotunda como cierta: no explica la crisis. Si acaso lo intenta en las 15 primeras páginas, pero no aporta nada a lo que dijo con Buenafuente. Las restantes 190 páginas del libros son paja, humo, una excusa para vender ejemplares y ejemplares, para enriquecerse a costa de un carisma ciertamente arrollador. Abadía se enzarza y comienza a hablar de ética, de valores, del mundo actual, de lo que él piensa que pasa… y se le ve mucho el plumero. Atención a la definición de libertad que hace:
Libertad significa que cada uno puede pensar lo que le dé la gana, respetando la vida, el país, las familias y la propiedad.
Libertad para Abadía es libertad para ser bastante fachorro. Y ojo al desparpajo con que despacha uno de los grandes términos que ha creado (o descubierto) el ser humano ¿no es sorprendente?
Otro ejemplo es lo que él entiende por familia:
En este punto conviene remarcar cosas obvias, como que una familia se crea cuando un chico y una chica se casan.
Sin comentarios.
Lo mejor que se puede decir de este libro es que al estar a doble espacio y letra tamaño 22 (por lo menos) la agonía no dura demasiado. Claro, que si no fuera así, ¿cómo iba a llenar 200 páginas?