Microrrelato IV

17 05 2009

Un día tuve una idea. Dejarme atropellar por una camioneta, romperme una pierna o un brazo -nada serio- y denunciar al conductor, para así cobrar una indemnización y lograr una buena suma de dinero.

Ese mismo día, por la tarde, ya lo tenía todo preparado. Estaba esperando, junto a la carretera, al vehículo idóneo. Entonces vi un niño, un niño pequeño, desorientado, que se disponía a cruzar la carretera. Corrí entre el tráfico y le di un empujón fuerte, gracias al cual no le arroyó una camioneta, que obviamente sí pasó por encima de mí.

Ahora ahorro para indemnizar al niño.





Aullido, de Allen Ginsberg

11 03 2009

He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.

Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo Él y vieron ángeles mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.

Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.

Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.

Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.

Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.

Quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgaron sus torsos noche tras noche con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y verga y bolas infinitas, ceguera incomparable; calles de nubes vibrantes y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todas las palabras inmóviles del Tiempo, sólidos peyotes de los vestíbulos, amaneceres en el cementerio del árbol verde, ebriedad del vino en los tejados, puestos municipales el neon estridente luces del tráfico parpadeantes, vibraciones del sol, la luna y los árboles en los bulliciosos crepúsculos de invierno de Brooklyn, estrepitosos tarros de basura y una regia clase de iluminación de la mente.

Quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y niños empujándolos hacia salidas exploradas estremecidas y desiertos golpeados de cerebros absolutamente secos de esplendor en la melancólica luz del Zoo.

Quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford’s emergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desolado Fugazzi’s, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno.

Quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajando de espaldas las escaleras de escape de los alfeizares del Empire State lejos de la luna, gritando incoherencias, vomitando susurrando hechos y recuerdos y anécdotas y patadas en la bola del ojo y traumas de hospitales y cárceles y guerras, intelectos enteros disgregados en amnesia por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga arrojada al pavimento.

Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.

Quienes dieron vueltas y vueltas en la medianoche por el patio de trenes preguntándose adónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos.

Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.

Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas.

Quienes solos por las calles de Idaho buscaban ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios.

Quienes pensaban que sólo estaban locos cuando Baltimore destellaba en éxtasis sobrenatural.

Quienes saltaron a limusinas con el Chinaman de Oklahoma impulsados por la lluvia de los pequeños pueblos a la luz callejera de la medianoche del invierno.

Quienes haraganeaban hambrientos y solos por Houston buscando jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante español para conversar sobre América y la eternidad, una tarea sin esperanza, y tomaron un barco para África

Quienes desaparecieron en los volcanes de México dejando tras suyo nada excepto la sombra del estiércol y la lava y la ceniza de la poesía quemada en Chicago.

Quienes reaparecieron en la Costa Oeste investigando el F.B.I. en barbas y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas atractivos en su oscura piel entregando incomprensibles folletos.

Quienes se quemaron sus brazos con cigarros encendidos protestando contra la bruma narcótica del tabaco del Capitalismo.

Quienes distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desvistiéndose mientras las sirenas de Los Alamos los deprimían, y se deprimía Wall, y el ferry de Staten Islan también se deprimía.

Quienes rompieron a llorar en blancos gimnasios desnudos y temblorosos frente a la maquinaria de otros esqueletos.

Quienes mordieron detectives en el cuello y chillaron con placer en autos policiales por no cometer un crimen salvo su propia pederastia salvaje y su intoxicación.

Quienes aullaron de rodillas en el metro y fueron arrastrados por el techo ondeando sus genitales y manuscritos.

Quienes permitieron ser penetrados por el ano por virtuosos motociclistas, y gritaron con alegría.

Quienes chuparon y fueron chupados por aquellos serafines humanos, los marineros, caricias del amor Atlántico y Caribeño.

Quienes eyacularon en la mañana en la tarde en jardines de rosas y en el pasto de parques públicos y cementerios esparciendo su semen libremente a quienquiera que llegara.

Quienes hiparon sin cesar tratando de reír pero se torcían de llanto detrás de un cubículo de un Baño Turco cuando el ángel rubio y desnudo venía a atravesarlos con una espada.

Quienes perdieron a sus amantes por las tres viejas musarañas del destino, la musaraña tuerta del dólar heterosexual, la musaraña tuerta que hace guiños fuera del útero y la musaraña tuerta que no hace nada sino sentarse en su trasero y corta las hebras doradas intelectuales del vislumbre del artesano.

Quienes copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza, un novio, un paquete de cigarrillos, una vela y se cayeron de la cama, y continuaron en el suelo y por los pasillos y terminaron desmayándose en la pared con una visión del último coño y llegaron a eludir el último atisbo de conciencia.

Quienes endulzaron las conchitas de un millón de chicas temblorosas en el ocaso, y tenían los ojos rojos en la mañana pero preparados para endulzar las conchitas del sol naciente, destellantes traseros bajo los establos y desnudos en el lago.

Quienes iban a putas en Colorado por miríadas en autos robados, N.C., héroe secreto de estos poemas, semental y Adonis del alegre Denver a la memoria de sus innumerables encamadas con chicas en lotes vacíos, patios de bares, hileras de desvencijadas casas rodantes en la cima de montañas, en cavernas o con demacradas meseras en familiares subidas de enaguas al lado del camino y especialmente la secreta estación de gasolina solipsismos de Juan, y callejones pueblerinos también

Quienes se desvanecieron en vastas películas sórdidas, se transformaron en sueños, despertaron en un repentino Manhattan, y se encontraron a sí mismos fuera de los sótanos colgados sobre descorazonados Tokay y los horrores de los sueños de hierro de la Tercera Avenida y tropezaron con las oficinas de desempleo.

Quienes caminaron toda la noche con sus zapatos llenos de sangre en los muelles esperando una puerta en East River para entrar a un cuarto lleno de vapor caliente y opio.

Quienes crearon grandes dramas suicidas en el apartamento de los acantilados del Hudson bajo el rayo azul de la luna de tiempo de guerra y sus cabezas eran coronadas con el laurel del olvido.

Quienes comieron la cazuela de cordero de la imaginación o digirieron cangrejos en el fondo lodoso de los ríos de Bowery.

Quienes lloraron por el romance de las calles con sus carritos llenos de cebollas y mala música.

Quienes se sentaron en cajas respirando en la oscuridad bajo el puente, y se levantaron para construir arpas en sus desvanes.

Quienes tosían en el sexto piso del populoso Harlem con llamas bajo el cielo tuberculoso rodeados por las jaulas naranjas de la teología.

Quienes garrapatearon toda la noche golpeando y rodando sobre elevadas incantaciones que en las amarillas mañanas eran estrofas de jerigonza.

Quienes cocinaron animales podridos pulmones, corazón, pata, cola borsht y tortilla soñando con el puro reino vegetal.

Quienes se zambulleron en camiones de carne buscando un huevo.

Quienes tiraron sus relojes del tejado para dar su voto a la eternidad fuera del Tiempo y despertadores cayeron sobre sus cabezas todos los días por la siguiente década.

Quienes se cortaron las muñecas tres veces seguidas sin éxito, se rindieron y fueron forzados a abrir anticuarios donde pensaban que se ponían viejos y gritaban.

Quienes fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue entre ráfagas de versos plomizos y el parloteo borracho de los regimientos de acero de la moda y los chillidos de nitroglicerina de las agencias de publicidad y el gas mostaza de los editores siniestramente inteligentes, o cayeron por los taxis ebrios de la Absoluta Realidad.

Quienes saltaron del Puente de Brooklyn esto realmente sucedió y quedaron desconocidos y olvidados en el aturdimiento fantasmal de los callejones de sopa y camiones de incendio de Chinatown, ni siquiera una cerveza gratis.

Quienes cantaron por sus ventanas de desesperación, cayeron de la ventana del metro, saltaron en el sucio Passaic, brincaron en negros, gritaron por toda la calle, bailaron descalzos en trozos de copas de vino rotas grabaciones de fonógrafos de la nostalgia Europea jazz alemán de 1930 terminaron el whisky y se lanzaron gemebundos en baños sangrientos, gemidos en sus oídos y la ráfaga colosal del silbido del vapor.

Quienes rodaron por las carreteras del viaje al pasado para cada uno el látigo del Gólgota reloj de la soledad de la cárcel o encarnación del jazz de Birmingham.

Quienes condujeron una visión para encontrar la eternidad.

Quienes viajaron a Denver.

Quienes murieron en Denver.

Quienes volvieron a Denver y esperaron en vano.

Quienes aguardaron en Denver y empollaron solos en Denver y finalmente se fueron para encontrar el Tiempo, y Denver es solitario para sus heroínas.

Quienes cayeron de rodillas en catedrales sin esperanza rezando por la salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que el alma iluminara su cabello por un segundo.

Quienes chocaron con sus mentes en la cárcel esperando criminales imposibles con cabezas doradas y el encanto de la realidad en sus corazones que cantaban dulces blues a Alcatraz.

Quienes se retiraron a México para cultivar un hábito, o a Rocky Mount para ofrecer Buddha o Tánger a los muchachos al Southern Pacific a la locomotora negra o a Harvard a Narciso a Woodland para la sepultura o daisychain.

Quienes exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron dejados con su locura y sus manos y un jurado colgado.

Quienes arrojaron papas saladas a los conferencistas de Dadaísmo en CCNY y subsecuentemente se presentaron ellos mismos en las baldosas de granito del manicomio con cabezas rapadas y un discurso arlequinesco de suicidio, demandando una lobotomía instantánea, y quienes a su vez se entregaron a la nulidad concreta de la insulina, Metrazol, electricidad, hidroterapia, psicoterapia, terapia ocupacional, ping pong y amnesia.

Quienes en protesta seria dieron vuelta sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia, volviendo años después verdaderamente calvos excepto por una peluca de sangre, y lágrimas y dedos, a la visible fatalidad del hombre loco de los pupilos de los pueblos locos del Este, salas fétidas de Pilgrim State’s Rockland’s y Greystone discutiendo con los ecos del alma, pegando y rodando en la soledad-banca-dolmen-reinos del amor de medianoche, sueños de vida en una pesadilla cuerpos convertidos en roca tan pesados como la luna, con la madre finalmente, y el último libro fantástico arrojado por las ventanas del departamento, y la última puerta cerrada a las 4 A.M. y el último teléfono pegado a la pared sonando y la última pieza amueblada, un papel rosa amarillo torcido en un colgador de alambre en el closet, e incluso eso imaginario, nada sino un poco de esperanzadora alucinación ah, Carl, mientras no estés seguro yo no estoy seguro, y ahora tú estás realmente en la sopa animal total del tiempo y quienes por lo tanto corrieron a través de las calles congeladas obsesionados con un repentino destello de la alquimia del uso de la elipse el catálogo el metro y el plano vibrante.

Quienes soñaron y encarnaron brechas en el Tiempo y Espacio a través de imágenes yuxtapuestas, y atraparon al arcángel del alma entre 2 imágenes visuales y unieron los verbos elementales y establecieron el nombre y rasgos de la conciencia al mismo tiempo saltando con sensación de Pater Omnipotens Aeterna Deus para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y ponerse frente a ti estupefacto e inteligente y sacudirse con vergüenza, rechazando incluso revelar el alma para conformarse al ritmo del pensamiento en su desnuda y eterna cabeza, el vagabundo loco y el golpe del ángel del Tiempo, desconocido, incluso poniendo aquí lo que podría dejar de ser dicho en tiempo de volver después de la muerte, y surgieron reencarnados en los trajes fantasmales del jazz en la sombra del corno dorado de la banda y exhalar el sufrimiento de la mente desnuda de América para amar en un eli eli lamma lamma sabacthani saxofón que llora estremeciendo las ciudades bajo la última radio con el corazón absoluto del poema de la vida descarnada de sus propios cuerpos buenos para comer mil años.





La crisis ninja

18 02 2009

Leopoldo Abadía.

Leopoldo Abadía.

Leopoldo Abadía me ha decepcionado. Ese simpático viejuno que aparecía en Buenafuente me atrajo, porque era capaz de hacer reír y realmente entendí parte de la crisis gracias a la entrevista que le hizo el showman de La Sexta. Por ello me alegré de que publicara un libro, puesto que podía significar un soplo de aire fresco, y pensaba que podía ser a la economía lo que El universo para curiosos a la astronomía (esto es, una explicación sencilla y amena que convertía su lectura en una delicia).

 

Sin embargo, La crisis Ninja y otros misterios de la economía actual es un timo.

Es una afirmación tan rotunda como cierta: no explica la crisis. Si acaso lo intenta en las 15 primeras páginas, pero no aporta nada a lo que dijo con Buenafuente. Las restantes 190 páginas del libros son paja, humo, una excusa para vender ejemplares y ejemplares, para enriquecerse a costa de un carisma ciertamente arrollador. Abadía se enzarza y comienza a hablar de ética, de valores, del mundo actual, de lo que él piensa que pasa… y se le ve mucho el plumero. Atención a la definición de libertad que hace:

 

 

Libertad significa que cada uno puede pensar lo que le dé la gana, respetando la vida, el país, las familias y la propiedad.

 

Libertad para Abadía es libertad para ser bastante fachorro. Y ojo al desparpajo con que despacha uno de los grandes términos que ha creado (o descubierto) el ser humano ¿no es sorprendente?

Otro ejemplo es lo que él entiende por familia:

 

En este punto conviene remarcar cosas obvias, como que una familia se crea cuando un chico y una chica se casan.

 

Sin comentarios.

Lo mejor que se puede decir de este libro es que al estar a doble espacio y letra tamaño 22 (por lo menos) la agonía no dura demasiado. Claro, que si no fuera así, ¿cómo iba a llenar 200 páginas?

 

 





Por qué hay que leer Los girasoles ciegos

9 01 2009

giraciegos1Yo soy un hombre de letras, y a mucha honra. Desde siempre los números me han causado cierta indiferencia. Las cifran son inocuas para mi organismo, aunque algunas debieran dañar mis tejidos vitales. Es el caso de las cifras de víctimas de la Guerra Civil. Puedo oír con un grado menor de indignación “Aquí mataros a 1.200 personas”, pero no puedo evitar sentir punzadas si me dicen “Aquí mataron a Federico”.

Las cifran son, por definición, inhumanas, carecen de las vísceras y los órganos que sí poseen (y padecen) las palabras. En cuestión de guerras, matanzas y genocidios, es siempre más representativo conocer la historia, con palabras, de una sola víctima que la cifra total de desgraciados. Sucede, por ejemplo, cuando se lee el Diario de Ana Frank. Su historia duele, lacera las entrañas de un modo totalmente inaccesible para los números aunque sean grandilocuentes, como seis millones de judíos.

En el caso de la Guerra Civil, conocer alguna de las cuatro historias que nos ofrece Los girasoles ciegos constituye un mejor y más hiriente acercamiento a la historia reciente de nuestro país que cualquier libro de historia. Alberto Méndez, a través de estos cuatro cuentos, reconstruye unas vidas que abofetean en la conciencia del lector, y que hacen aflorar la absoluta ignorancia que padecemos sobre nuestros orígenes.

Porque no tenemos ni idea de quienes somos si no intentamos comprender qué podemos llegar a ser y en qué somos capaces de convertirnos (ángeles y monstruos); y porque la palabra, en este caso, suma muertos y multiplica dolor con mayor eficacia de las cifras. Por eso hay que leer Los girasoles ciegos.





Microrrelato III

6 01 2009

Nunca tuve suerte hasta el día en que perdí la cartera y las llaves, se me estropeó el coche, me robaron el móvil, quebró mi banco y te conocí.





La dama boba del siglo XXI

8 12 2008

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Puede que Fernando Gaitán, el creador de Yo soy Betty, la fea, supiera que a principios del siglo XVII alguien había tenido la misma idea que él. Ése no era otro de Félix Lope de Vega, uno de los dramaturgos más importantes de la historia en lengua española. El clásico tópico del patito feo que al final se convierte en cisne estaba tan vigente entonces como lo está ahora. Quizá por ello, la telenovela colombiana Yo soy Betty, la fea, es la más adaptada en otros países (en España se llamó Yo soy Bea) y todo un éxito de audiencia, y por ello también fue un éxito en su época la comedia La dama boba.

La versión que del clásico de Lope de Vega ha hecho la compañía El corral de la Olivera se mueve entre dos mundos con la facilidad con la que un anfibio combina tierra y agua. Su primer mundo es el originario, el Madrid del siglo XVI, el castellano antiguo, los casamientos por conveniencia y los profesores de latín. El segundo es el actual: americanas de raya diplomática, mochilas de Hello Kitty! y Las de la intuición de Shakira. Y es que la versión de El corral de la Olivera es la de un clásico modernizado, un texto antiguo que brota de bocas contemporáneas.

“Me parece una genialidad de Rafael Cruz haya situado la obra en nuestros días, porque el tema que trata está de plena actualidad”, declara Rosana del Carpio. Ella hace de Finea, la protagonista, una cortesana adinerada, feúcha y rematadamente tonta. La inmensa dote que su padre ofrece a quien con ella quisiera casarse atraerá a Laurencio. Lo que no sospecha Laurencio es que su amor hará que Finea supere su ignorancia y cambie su aspecto. La dama boba es, en resumen, una bonita historia de amor y superación personal, con su ineludible final feliz.

“Es más fácil que los jóvenes conozcan a los clásicos a través de adaptaciones modernas como esta, porque están situadas en un mundo que conocen perfectamente”, asegura Del Carpio. Quizá por ello esta obra se incluye en el ciclo de teatro que la Universitat de València ofrece a los universitarios en la Nau dels Estudiants. Durante todo el curso, los miércoles y jueves hay representaciones en el edificio histórico de la UV, con una ventaja añadida que sin duda atraerá a los jóvenes: es gratis para los alumnos de la Universitat.

A pesar de ello, el público joven no era mayoritario en la pequeña sala de representaciones Matilde Salvador. ¿Por qué? Quizá, por falta de hábito. Guillermo, estudiante de Derecho, lo confiesa. “Es la primera vez que vengo al teatro por cuenta propia, pero pienso volver, porque me ha gustado mucho la obra y, en general, la experiencia”. Iniciativas como este ciclo de teatro para universitarios parecen estar acercando a los estudiantes al mundo dramático. “No se ven mucho jóvenes entre el público, pero luego son los que más aplauden”, confiesa entre risas Del Carpio.

Eso es cierto. La representación gustó en general, pero los más jóvenes fueron asimismo los más entusiastas en las ovaciones, quizá impresionados y faltos de otras obras con las que comparar esta dama boba. Y lo cierto es que la compañía la merecía. Unos inexpertos pero talentosos actores y una puesta en escena muy simpática (como los llamativos complementos de plástico de Finea) consiguieron unas sonoras carcajadas por parte del público. Cabe destacar la tremenda interpretación de Rosana del Carpio en su papel de boba, que bordaba. “El truco consiste en que hasta el más mínimo gesto, como parpadear, sea muy exagerando”, comenta la actriz.

La nueva dama boba fue, sin lugar a dudas, un éxito. Esta versión modernizada convenció a propios y extraños del teatro y ha ayudado a que el público general vaya perdiendo el miedo a los clásicos.





Microrrelato II

24 11 2008

Las Navidades posteriores a mi divorcio, cuando llegué a casa cargada con hordas de juguetes para mi hijo, recuerdo que me congeló con unos ojos que miraban desde decenios posteriores y me dijo:

-La felicidad no se compra. Se conquista.





Microrrelato I

21 10 2008

Cuando maté a mi esposa el primer sorprendido fui yo.

Había tenido un mal día.





No es país para viejos

25 09 2008

Te acabas de encontrar dos millones de dólares en el escenario de un horroroso crimen, ¿qué haces?

Correr.

Cormac McCarthy se ha consolidado como uno de los autores imprescindibles de la narrativa actual mundial, gracias a relatos como La carretera, premio Pulitzer 2007 o este No country for old men. Su enorme talento unido a una personalidad pública cuanto menos misteriosa le ha colocado en el star system literario por mérito propio. No es país para viejos además ha sido adaptada con gran éxito por los hermanos Coen, revelándose una de los mejores films de 2007.

Lewelyn Moss es un soldador tejano que, estando de caza, se topa con un puñado de cadáveres, heroína y mucho dinero. A partir de ese momento, su vida se convierte en una huida desesperada de las autoridades, los dueños de la droga y las perras, pero sobretodo de un inquietante psicópata para quien no existe el bien ni el mal, la moral ni la ética, sólo la fortuna. Y Moss ha tenido mala suerte.

A través de un ritmo frenético, en el que también caben las digresiones morales y los discursos metafísicos, un estilo espontáneo y un argumento cautivador, McCarthy construye una narración fascinante.

Recomiendo vivamente su lectura porque aunque nunca se haya leído una novela (como era mi caso) de este estilo, a caballo entre el policiaco y el thriller, el libro atrapa desde el principio y se lee muy fácilmente, con altas dosis de adrenalina.

No es país para viejos es, en definitiva, un magnífico relato que he disfrutado con un placer casi cinematográfico y que me ha descubierto a un autor del que leeré cuanto pueda.

 

Pd: Gracias, Ion, por recomendarme el libro.








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