Cuando aparecieron los títulos de crédito de Todos te están esperando, el último episodio de A dos metros bajo tierra (Six feet under), y tras haber llorado amargamente, una palpable sensación de paz invadió blandamente mi cuerpo.
Supongo que debido al hecho de que, tras cinco temporadas de los Fisher y compañía, me sentía más preparado para la muerte. Y para la vida.
A dos metros bajo tierra deja en el espectador un poso únicamente comparable al de la buena literatura. Cada episodio es el capítulo de la obra magna de un narrador de primera, Alan Ball, que configuran un legado al mundo, un legado que en su momento rompió cierto tabúes que se habían enquistado en la sociedad occidental del siglo XXI.
Desde la esmerada cabecera hasta el fundido a blanco final, y pasando por la muerte, inexorable e igualitaria, Six feet under es una obra audiovisual perfecta, tanto a nivel argumental, dramático, artístico y técnico.
Unos personajes inteligentes y profundos, coherentes, que van evolucionando pero al tiempo son capaces de fallar, de cometer locuras y de pasarse de la raya; tremendos guiones, que anulan la posibilidad de aburrimiento, de repetición o de poca verosimilitud; además de un espléndido reparto y unos directores de primer nivel (procedentes de cine independiente) hacen que A dos metros bajo tierra sea considerada por muchos la mejor serie de televisión jamás realizada.
A dos metros bajo tierra en el blog de Hernán Casciari:
http://blogs.elpais.com/espoiler/2007/07/es-un-buen-mome.html

Yo soy un hombre de letras, y a mucha honra. Desde siempre los números me han causado cierta indiferencia. Las cifran son inocuas para mi organismo, aunque algunas debieran dañar mis tejidos vitales. Es el caso de las cifras de víctimas de la Guerra Civil. Puedo oír con un grado menor de indignación “Aquí mataros a 1.200 personas”, pero no puedo evitar sentir punzadas si me dicen “Aquí mataron a Federico”.
