A dos metros bajo tierra

6 04 2009

Cuando aparecieron los títulos de crédito de Todos te están esperando, el último episodio de A dos metros bajo tierra (Six feet under), y tras haber llorado amargamente, una palpable sensación de paz invadió blandamente mi cuerpo.

Supongo que debido al hecho de que, tras cinco temporadas de los Fisher y compañía, me sentía más preparado para la muerte. Y para la vida.

A dos metros bajo tierra deja en el espectador un poso únicamente comparable al de la buena literatura. Cada episodio es el capítulo de la obra magna de un narrador de primera, Alan Ball, que configuran un legado al mundo, un legado que en su momento rompió cierto tabúes que se habían enquistado en la sociedad occidental del siglo XXI.

Desde la esmerada cabecera hasta el fundido a blanco final, y pasando por la muerte, inexorable e igualitaria, Six feet under es una obra audiovisual perfecta, tanto a nivel argumental, dramático, artístico y técnico.

Unos personajes inteligentes y profundos, coherentes, que van evolucionando pero al tiempo son capaces de fallar, de cometer locuras y de pasarse de la raya; tremendos guiones, que anulan la posibilidad de aburrimiento, de repetición o de poca verosimilitud; además de un espléndido reparto y unos directores de primer nivel (procedentes de cine independiente) hacen que A dos metros bajo tierra sea considerada por muchos la mejor serie de televisión jamás realizada.

A dos metros bajo tierra en el blog de Hernán Casciari:

http://blogs.elpais.com/espoiler/2007/07/es-un-buen-mome.html





La crisis ninja

18 02 2009

Leopoldo Abadía.

Leopoldo Abadía.

Leopoldo Abadía me ha decepcionado. Ese simpático viejuno que aparecía en Buenafuente me atrajo, porque era capaz de hacer reír y realmente entendí parte de la crisis gracias a la entrevista que le hizo el showman de La Sexta. Por ello me alegré de que publicara un libro, puesto que podía significar un soplo de aire fresco, y pensaba que podía ser a la economía lo que El universo para curiosos a la astronomía (esto es, una explicación sencilla y amena que convertía su lectura en una delicia).

 

Sin embargo, La crisis Ninja y otros misterios de la economía actual es un timo.

Es una afirmación tan rotunda como cierta: no explica la crisis. Si acaso lo intenta en las 15 primeras páginas, pero no aporta nada a lo que dijo con Buenafuente. Las restantes 190 páginas del libros son paja, humo, una excusa para vender ejemplares y ejemplares, para enriquecerse a costa de un carisma ciertamente arrollador. Abadía se enzarza y comienza a hablar de ética, de valores, del mundo actual, de lo que él piensa que pasa… y se le ve mucho el plumero. Atención a la definición de libertad que hace:

 

 

Libertad significa que cada uno puede pensar lo que le dé la gana, respetando la vida, el país, las familias y la propiedad.

 

Libertad para Abadía es libertad para ser bastante fachorro. Y ojo al desparpajo con que despacha uno de los grandes términos que ha creado (o descubierto) el ser humano ¿no es sorprendente?

Otro ejemplo es lo que él entiende por familia:

 

En este punto conviene remarcar cosas obvias, como que una familia se crea cuando un chico y una chica se casan.

 

Sin comentarios.

Lo mejor que se puede decir de este libro es que al estar a doble espacio y letra tamaño 22 (por lo menos) la agonía no dura demasiado. Claro, que si no fuera así, ¿cómo iba a llenar 200 páginas?

 

 





Por qué hay que leer Los girasoles ciegos

9 01 2009

giraciegos1Yo soy un hombre de letras, y a mucha honra. Desde siempre los números me han causado cierta indiferencia. Las cifran son inocuas para mi organismo, aunque algunas debieran dañar mis tejidos vitales. Es el caso de las cifras de víctimas de la Guerra Civil. Puedo oír con un grado menor de indignación “Aquí mataros a 1.200 personas”, pero no puedo evitar sentir punzadas si me dicen “Aquí mataron a Federico”.

Las cifran son, por definición, inhumanas, carecen de las vísceras y los órganos que sí poseen (y padecen) las palabras. En cuestión de guerras, matanzas y genocidios, es siempre más representativo conocer la historia, con palabras, de una sola víctima que la cifra total de desgraciados. Sucede, por ejemplo, cuando se lee el Diario de Ana Frank. Su historia duele, lacera las entrañas de un modo totalmente inaccesible para los números aunque sean grandilocuentes, como seis millones de judíos.

En el caso de la Guerra Civil, conocer alguna de las cuatro historias que nos ofrece Los girasoles ciegos constituye un mejor y más hiriente acercamiento a la historia reciente de nuestro país que cualquier libro de historia. Alberto Méndez, a través de estos cuatro cuentos, reconstruye unas vidas que abofetean en la conciencia del lector, y que hacen aflorar la absoluta ignorancia que padecemos sobre nuestros orígenes.

Porque no tenemos ni idea de quienes somos si no intentamos comprender qué podemos llegar a ser y en qué somos capaces de convertirnos (ángeles y monstruos); y porque la palabra, en este caso, suma muertos y multiplica dolor con mayor eficacia de las cifras. Por eso hay que leer Los girasoles ciegos.








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